El mes de febrero de 1996 se reunió en Atlanta, Georgia, la Academia Americana para el Progreso de la Ciencia.
Entre otros temas, los participantes se ocuparon de la violencia imperante en la nación. Jaime A. Fox, decano de
la facultad de justicia criminal de la universidad “Northeastern” en Boston, reportó que los homicidios entre los
jóvenes de 14 a 17 años de edad han visto un crecimiento de un 235 por ciento en los últimos 20 años. Fox
anunció que lo peor está aun por venir. Predijo un baño de sangre para el año 2005, cuando los cuatro millones
de niños americanos menores de diez años se conviertan en adolescentes.
El mes de septiembre de ese año la Secretaría de Justicia de los Estados Unidos anunció que los arrestos de
jóvenes por crímenes de violencia bien podrían duplicarse en los próximos quince años. Ese mismo año, la
procuradora general Janet Reno expresó gran sorpresa al alto número de arrestos por asesinatos entre la
población de catorce a diecisiete años de edad, que comprende un incremento de un 165 por ciento en los
últimos diez años.
El 15 de agosto de 1999, la prensa americana publicó el reporte semi-anual del Departamento de Justicia de
Estados Unidos acerca de la población penal en esta nación. Hubo un aumento de 4.6 por ciento en la población
penal en el año de diciembre 31 de 1997 a diciembre 31 de 1998, de 1.740,000 a l.820, 000 reclusos adultos, o
sea uno de cada ciento cuarenta y nueve residentes en el país. De estos, el 70 por ciento habían cumplido
condenas previas. La gran mayoría son padres y madres de niños que siguen en sus pisadas. El reporte criminal
ofrecido por el departamento de justicia de Estados Unidos del año 2006 indicó que 2.245,189 de ciudadanos
estaban bajo supervisión correccional ese año. En mis treinta años de servicio como capellán en el sistema
carcelario del Condado de Harris, Houston, Texas, he observado la presencia de padres e hijos juntos en la
cárcel.
Los demás países democráticos no se quedan atrás. Los reportes de violencia en esos lugares son
escalofriantes. Por ejemplo, después de vivir en un estado monárquico por toda su existencia nacional, España
pasó a ser un país democrático. Un tercio de siglo después, el país se encuentra bajo el caos criminal producido
por una democracia desenfrenada. El robo, el pillaje y todo tipo de otra acción criminal común están a la orden
del día. La América latina ahora es notoria por su anarquía. La justicia criminal no existe. La corrupción en las
dependencias gubernamentales está a la orden del día. El desafuero y el desorden causan el terror de la
ciudadanía. Los comercios y domicilios permanecen enrejados, a manera de cárceles y penitenciarías. En esos
países, el quebrantamiento de las leyes es norma.
¿Qué ha dado lugar al desenfreno imperante? El dedo acusador apunta hacia la familia, el grupo básico en la
formación de la persona. La familia ha abandonado gradualmente su función socializadora de enseñar a los niños
la manera de vivir de la sociedad donde moran. Los niños han aprendido a sobrevivir en la sociedad por sí solos,
apoyados por sus compañeros de juego. De personas significativas para ellos, como los actores y actrices del
cine y la televisión, que personifican personajes violentos e inmorales, los chicos han aprendido a ser
despiadados con los demás. Así han crecido. Ya de adultos, han tomado el lugar de sus padres con el
consecuente empeoramiento de las condiciones sociales. De esta manera, el ciclo se ha repetido hasta el día de
hoy. El descontrol actual amenaza con la destrucción total de la sociedad.
En los círculos judeo-cristianos existe preocupación por la situación de la familia. La mayoría da rienda suelta a su
compasión por los que sufren, concibiéndose en la situación actual desesperante en que la familia se encuentra.
Pero se sienten impotentes de hacer algo para mejorar la situación de hoy. A la vez, se horrorizan de pensar que
sus familias puedan ser influidas por el desafuero imperante. Lo que es peor, otros son afectados de manera
directa, cuando miembros de estas familias son inducidos por la corriente malvada presente a participar en una
conducta impropia. Algunos participan en programas intencionados a mejorar la condición actual de la familia. Sin
embargo, las limitaciones de estos programas no les permiten hacer un impacto significativo en la sociedad.
Pese a lo tardío de la hora, mucho se puede hacer para estabilizar a la familia. Toca a cada familia moderna
desorganizada decidir si quiere seguir en la senda destructiva que la ha llevado a su situación actual. Por otra
parte, la familia harta de sufrimiento, está a tiempo de recapacitar. Analizará su condición, y tomará las medidas
que la lleven a recuperar su salud y asumir su función perdida.
En la sección de factores básicos damos sugerencias para resolver el problema difícil que confronta la familia en
el nuevo milenio.
CONSIDERACIONES INICIALES J. C.Cordova, D.Min, LCSW
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